Género > La educación, nuestro instrumento de protección para las mujeres y niñas desplazadas

 

Para Entreculturas, la atención a los grupos de población más vulnerables es una prioridad en el cumplimiento de su misión. Uno de estos grupos lo forman aquellas mujeres que un día tuvieron que emprender un largo camino para escapar de la guerra, la violencia y los conflictos armados que azotan sus países. Son las mujeres víctimas del desplazamiento forzoso y a quienes la vulneración de sus derechos las persigue como una mala sombra allí donde buscan seguridad y protección. De los más de 51 millones de personas en el mundo que se encuentran en situación de desplazamiento forzoso, 25 son mujeres. Las mujeres y las niñas sufren por partida doble. A la dureza inherente de ser una desplazada o una refugiada, se une la discriminación de género y la amenaza de sufrir abusos sexuales o maltrato físico o psicológico.

 

Por no hablar de su alta probabilidad de caer en la extrema pobreza al quedarse a cargo de los hijos y acarrear con la responsabilidad de ser su único sustento. En muchos casos, la falta de recursos y las dificultades para encontrar empleo llevan a las mujeres a ser víctimas de la explotación sexual y laboral por parte de sus empleadores o las conducen a matrimonios precoces o forzosos. Ni siquiera su estancia en los campos de refugiados las protege de la violencia ni garantiza el reconocimiento de sus derechos. Allí también sufren abusos y son víctimas de la inseguridad. Aunque la capacidad para salir adelante de las mujeres es uno de sus signos distintivos, éstas requieren una especial atención y mecanismos específicos de protección en estos contextos de desplazamiento forzoso que las hacen tan vulnerables.

 

Para aterrizar esta realidad de la que venimos hablando, hemos querido poner la lupa sobre un país como Sudán del Sur que ha vuelto a ocupar la primera plana de los medios de comunicación a consecuencia de los violentos enfrentamientos armados que se suceden desde el pasado mes de diciembre. Sudán del Sur es uno de los principales países generadores de refugiados y desplazados internos en el continente africano. A mediados de diciembre del pasado año, los enfrentamientos armados y la violencia extrema volvían a resurgir, acabando con la relativa calma que sucedió al Tratado de Paz de 2005 y la proclamación de la independencia de 2011 tras su escisión de Sudán.

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En el que es el Estado más joven del mundo -y uno de los principales productores de petróleo-, las luchas por el poder de diferentes facciones han traído consigo un incomprensible enfrentamiento entre distintas etnias. Estas rivalidades han supuesto un insoportable sufrimiento para la población de Sudán del Sur. Las principales partes en el conflicto, tropas gubernamentales y fuerzas rebeldes, han sometido a la sociedad civil a verdaderas atrocidades y han destruido y quemado todo lo que han encontrado a su paso: casas, escuelas, hospitales, iglesias, etc.

 

Además, los 20 años de conflicto armado que preceden a esta reactivación de la violencia no han dejado lugar al desarrollo socioeconómico del país y hoy Sudán del Sur es uno de los países más pobres del mundo. Tras este recrudecimiento de los enfrentamientos, los sursudaneses huían de nuevo buscando protección en otras regiones del país, en campos de refugiados y en algunos países como Kenia o Uganda. Una situación que deja a día de hoy el triste balance de cientos de muertos, millones de desplazados forzosos y una de las emergencias humanitarias más graves de los últimos años.

 

En este contexto de desplazamiento forzoso, la situación de las mujeres es especialmente dramática. En situaciones de emergencia, la recurrente desventaja en el acceso a la educación se acentúa ya que, cuando los recursos son todavía más escasos, son los hijos varones los que se benefician del acceso a la escuela, quedando las niñas relegadas al trabajo doméstico y al cuidado de la familia. Por ello, el Servicio Jesuita a Refugiado (JRS, por sus siglas en inglés), con el apoyo de Entreculturas, ha adquirido un fuerte compromiso con la educación de las mujeres y niñas refugiadas y desplazadas de Sudán del Sur, un derecho que considera fundamental para garantizar una vida digna para ellas. El JRS lleva trabajando en el actual territorio de Sudán del Sur desde 1997, cuando comenzó a atender a la población refugiada de Nimule y, posteriormente, de Lobone, Kajo Keji y Yei. Desde 2012, su acción se ha concentrado en las regiones de Yambio, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo, y Maban, cerca de la frontera con Etiopía y Sudán.

 

Entre las acciones realizadas están la rehabilitación y equipamiento de escuelas, la atención anual de 18.000 alumnos y alumnas, la formación de 1.500 docentes y el acompañamiento de más de 100 comunidades escolares. Además, gracias a las becas especiales para niñas (dedicadas a sufragar el coste total o parcial de sus matrículas y del material escolar), al reparto de kits higiénicos, a la habilitación de letrinas y dormitorios para ellas, y a todo un trabajo de sensibilización familiar y formación para la prevención de violencia sexual y de género, se ha logrado incrementar un 20% el número de niñas que han terminado el ciclo de educación primaria.

 

Cuando la guerra, los conflictos armados o los desastres naturales han destruido todos los cimientos de la educación, hay que apostar por regenerar cuanto antes el ejercicio de este derecho pues ayuda a las personas a reducir su vulnerabilidad y a reconstruir sus vidas. La educación de las personas es el motor no solo de su desarrollo individual, sino también del desarrollo social y económico de todo un país. La educación es esperanza; y la esperanza, la gasolina para la transformación.

 

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